Rita se esfumó. La indiferencia la aniquiló. Como lo habría hecho con Gilberto si las circunstancias lo hubieran permitido.
Es evidente que el ego de cualquier “señor de la destrucción” se disuelve ante el deseo egoísta de que su existencia sea nula.
En cristiano vulgar: El clásico Monterrey versus UANL mandó a ver si ya puso la marrana a tu vida y a todo problema que se le derive.
Hoy el “¿a quién le vas?” se antepuso al “¿cómo amaneciste?”.
Hoy es día de preocuparnos por comer cerveza y beber fútbol. A nutrirnos con eso de valor para salir a la calle a ventilar nuestras preferencias panboleras.
Como un pre-halloween, hay desempolvar los disfraces de Libres y Lokos, aunque mañana volvamos a ser los ñoños de siempre.
Vamos a colgarnos las playeras albiazules encima del uniforme de trabajo.
Hay que gritar que nos gusta el fútbol aunque ignoremos en realidad cuándo se comete un fuera de lugar, el porqué ese tipo pateó el balón desde la esquina y asimismo, nos traguemos la curiosidad de saber porqué si hay tarjetas amarillas y rojas no existe una verde también, como los colores del semáforo, ¡Que hagan juego por Dios!
Nada puede contra las ganas de ser aficionado.
Que se caigan los cerros en San Jerónimo, que la ampliación del metro pase por mi cocina, que gane el Partido Verde.
Hoy quedan cancelados las lluvias y el calor, de hecho no hay clima, no existe.
Se fueron de vacaciones los recibos de gas hiperinflados. Tampoco hay hambre pues sobran las botanas.
Hoy no hay amigos ni enemigos, hoy todos son jugadores y portan un número en su espalda. Hay quienes juegan conmigo y contra mí, pero de igual manera forman parte del enorme tablero pintado de verde que se llama comúnmente Monterrey, rebautizado como La cancha.
Y también vamos a apostar. Aunque solo ese algo o alguien al que siempre le achacamos nuestro destino sepa si tendremos que empeñar el DVD mañana.
Hoy amanecí con cara de tigre, ya no me llamo Javier, ni Antonio como el del cereal. Desperté sabiendo karate y con una puntería olímpica para el lanzamiento de piedras contra los parabrisas de los autos de quien sabe quien.
No importa que me lleven junto con los 56 detenidos. Lo que importa es el fútbol.
Y si a esto le anexamos que Adrián Fernández me impartió en mis sueños una cátedra de cómo manejar a 120 kilómetros por hora. No importa que me ponga hasta las chanclas, ¡Adrián Fernández es Adrián Fernández!
Ya mañana veremos si el ungüento milagroso favoreció a mis rayados. Si no, cancelo la comida con mi compadre. Que mi familia se vaya sola al cine, yo me quedaré encerrado en casa, hasta que sea lunes.
O hasta que ya nadie se acuerde de que perdieron los que perdieron. Hasta que se nos vuelvan a entorpecer los sentidos la rutina y las malas noticias.
Y que se termine la fantasía de ser feliz siendo aficionado de corazón.
septiembre 26, 2005
septiembre 22, 2005
EL VAMPIRO FRONTERIZO
Lo encontraron con una estaca de madera clavada en el pecho y los pies quemados.
Así decía el periódico. Tal parece que a la mera hora no encendió bien la hoguera que le tenían preparada con leña verde. Se salvó de eso el pobre.
Pero lo hubieras visto un día antes: andaba como en los buenos tiempos, bueno, si a eso se le pueden llamar buenos tiempos. Aunque para mi si lo fueron, con todo y sus incidentes.
Cuando la noche pintaba como boca de lobo, se aparecía de repente y se los llevaba a todos a una vida mejor. Solo Dios sabe si era un don o un defecto.
Yo creo que era una maldición la que ya cargaba con él. Andar como anima en pena era su vida y su destino. Pero la noche lo cobijaba, le daba de comer. Y las tinieblas le ayudaban a perpetrar sus asesinatos. Su verdadera existencia ocurría en la oscuridad, eso si.
Pero nunca hizo caso. A mi me decía: “Ahorita vengo, voy a donde ya sabes” y se iba, ya nomás al otro día amanecían los muertos y con dos agujeros en el cuello.
De ahí se agarraron para inventar las historias, ya ves como es la gente. Y que bien le quedó el sobrenombre, si supieran que esos dientes que parecían de vampiro yo misma se los confeccioné: un día se me puso rejego, no me aguante y le dí con la mano del metate en el puro hocico, precisamente se le fueron a caer los cuatro dientes de adelante, bueno, ya estaban medio chuecos y podridos de tanto que se les pegaba como sanguijuela a las ubres de las pobres cabras, y así le quedaron esos sendos colmillotes al descubierto, amarillos pero grandotes.
Y después todo fue cayendo por su propio peso. Le inventaron que era pariente de Drácula, el de las películas.
Que en primera porque no dormía nunca, pero como iba dormir si yo lo traía de encargo. Aquí en Tijuana lo que deja lana es andar de pollero. Me cruzaba hasta de a diez en una noche. Te digo que con eso levantamos las tres tiendas de abarrotes que me dejó y la casa de Lomas Taurinas, si, esa donde mataron a Colosio.
En segunda, que porque lo vieron mordiéndole el cuello a una cabra. Solo a él se le ocurre clavarle los colmillos que para que pensaran que era otro animal el que las mataba mientras las asfixiaba tapándole los dos agujeros de la nariz y la boca con su pañuelo. Ya después les sacaba toda la leche y ni pío decían. Siempre se le ocurrían tarugadas. Pero eso le valió para que le hicieran tantas cosas feas.
Ya la gente estaba harta de que les mataran sus animalitos, y no se iban a esperar a que empezara a chupar gente. Con eso de que empezaron a aparecer muertos algunos de los hombres que querían cruzar al otro lado de ilegales, se los empezaron a enjaretar también. A algún vivo se le ocurrió también hacerles agujeros en el cuello. Pero Martín no era capaz de eso. El nomás se encargaba de las cabras. Todos tenemos un vicio, el de él era la leche.
Y los periódicos ayudaron a que todo se complicara. Ya tenían un mes de que nomás hablaban de eso. Por eso él ya casi ni salía de día. De por sí no le gustaba, ya estaba adaptado a sus mañas y a su trabajito nocturno. Pero todo eso le valió para que acabara su vida como acabó.
Yo me esperaba lo peor y todos mis temores se confirmaron cuando el periodiquero me trajo el vespertino. No lo podía creer, que falta de respeto que en la primera hoja del periódico y encima de la foto de él ya todo maltratado, le escribieran con las letras más grandes y rojas que se encontraron: “Ya mataron al Vampiro Fronterizo”. Ese es mi marido pensé. Y así fue.
Así decía el periódico. Tal parece que a la mera hora no encendió bien la hoguera que le tenían preparada con leña verde. Se salvó de eso el pobre.
Pero lo hubieras visto un día antes: andaba como en los buenos tiempos, bueno, si a eso se le pueden llamar buenos tiempos. Aunque para mi si lo fueron, con todo y sus incidentes.
Cuando la noche pintaba como boca de lobo, se aparecía de repente y se los llevaba a todos a una vida mejor. Solo Dios sabe si era un don o un defecto.
Yo creo que era una maldición la que ya cargaba con él. Andar como anima en pena era su vida y su destino. Pero la noche lo cobijaba, le daba de comer. Y las tinieblas le ayudaban a perpetrar sus asesinatos. Su verdadera existencia ocurría en la oscuridad, eso si.
Pero nunca hizo caso. A mi me decía: “Ahorita vengo, voy a donde ya sabes” y se iba, ya nomás al otro día amanecían los muertos y con dos agujeros en el cuello.
De ahí se agarraron para inventar las historias, ya ves como es la gente. Y que bien le quedó el sobrenombre, si supieran que esos dientes que parecían de vampiro yo misma se los confeccioné: un día se me puso rejego, no me aguante y le dí con la mano del metate en el puro hocico, precisamente se le fueron a caer los cuatro dientes de adelante, bueno, ya estaban medio chuecos y podridos de tanto que se les pegaba como sanguijuela a las ubres de las pobres cabras, y así le quedaron esos sendos colmillotes al descubierto, amarillos pero grandotes.
Y después todo fue cayendo por su propio peso. Le inventaron que era pariente de Drácula, el de las películas.
Que en primera porque no dormía nunca, pero como iba dormir si yo lo traía de encargo. Aquí en Tijuana lo que deja lana es andar de pollero. Me cruzaba hasta de a diez en una noche. Te digo que con eso levantamos las tres tiendas de abarrotes que me dejó y la casa de Lomas Taurinas, si, esa donde mataron a Colosio.
En segunda, que porque lo vieron mordiéndole el cuello a una cabra. Solo a él se le ocurre clavarle los colmillos que para que pensaran que era otro animal el que las mataba mientras las asfixiaba tapándole los dos agujeros de la nariz y la boca con su pañuelo. Ya después les sacaba toda la leche y ni pío decían. Siempre se le ocurrían tarugadas. Pero eso le valió para que le hicieran tantas cosas feas.
Ya la gente estaba harta de que les mataran sus animalitos, y no se iban a esperar a que empezara a chupar gente. Con eso de que empezaron a aparecer muertos algunos de los hombres que querían cruzar al otro lado de ilegales, se los empezaron a enjaretar también. A algún vivo se le ocurrió también hacerles agujeros en el cuello. Pero Martín no era capaz de eso. El nomás se encargaba de las cabras. Todos tenemos un vicio, el de él era la leche.
Y los periódicos ayudaron a que todo se complicara. Ya tenían un mes de que nomás hablaban de eso. Por eso él ya casi ni salía de día. De por sí no le gustaba, ya estaba adaptado a sus mañas y a su trabajito nocturno. Pero todo eso le valió para que acabara su vida como acabó.
Yo me esperaba lo peor y todos mis temores se confirmaron cuando el periodiquero me trajo el vespertino. No lo podía creer, que falta de respeto que en la primera hoja del periódico y encima de la foto de él ya todo maltratado, le escribieran con las letras más grandes y rojas que se encontraron: “Ya mataron al Vampiro Fronterizo”. Ese es mi marido pensé. Y así fue.
La Patria que nunca despierta, ni duerme a veces.
A esta hora aun quedan bastantes banderas para vender. Cientos, quizá miles. Pero “hoy de seguro se venden”, así lo desea Ramiro. El las vende cada año y siempre sobre la avenida Pino Suárez.
Y entre más alto llega el sol más gente llega y sin pensarlo más hace suyo el símbolo patrio por unos cuantos pesos.
A Ramiro le conviene estar ahí, justo donde se celebra lo que se celebra. “También vendo playeras los días en que hay partido, hay que hacerle a todo, sino no alcanza”, asegura.
Y a pesar de tantos problemas económicos para la gran mayoría, México sigue siendo el orgullo: lo gritan todos aquellos que hoy se despertaron y los ecos de toda la multitud que lo reclamó al cielo la noche del 15 de septiembre con el ¡Viva México! Así lo sostuvieron. Pero eso ya es parte del pasado.
Hoy lo que importa es desfilar y seguir comprando banderas.
“Estoy desde anoche, no dormí de hecho. Me acomodé en una banca de la Alameda y dormité un poco, hay que estar al pendiente”. Quizá el no recibió la quincena de ninguna empresa el día de ayer pero hoy esta seguro que ganará lo suficiente para pagar la luz y el gas.
Después de éste volverán más desfiles y más celebraciones con las que Ramiro cuenta cada año y siempre encuentra algo que pueda vender. “De aquí en adelante el año se pone más dadivoso, viene el 20 de noviembre y Navidad ni se diga compadre, ahí es cuando me desquito”.
Esta mañana parece todo diferente: niños disfrazados de soldaditos con tambores y trompetas también maquilladas para el desfile, llegan en los camiones de diferentes partes de la ciudad, a veces hasta más lejos. Vienen con ellos también sus papás, o por lo menos los acompañan sus hermanos.
Los que transitaban todavía a las seis de la mañana ya están a esta hora en sus casas. O se quedaron dormidos en una esquina, abrazados a la bandera como un Juan Escutia urbano.
Hoy amaneció todo más tricolor. Anoche todo sucedió entre borracheras y festejos de todo tipo de los que solo sobraron botellas vacías y dolores de cabeza. Pero cuando vuelva a salir el sol todo volverá a ser como todos los días y a esperar otro año más.
Aún no se abarrotan las calles, las palomas aprovechan para comer de los desperdicios de noche anterior. Nadie las molesta. Casi no hay ruido, casi no hay autos, ni gente. De hecho solo Ramiro y otros abanderados están aquí desde ayer, y quizá para siempre.
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