Lo encontraron con una estaca de madera clavada en el pecho y los pies quemados.
Así decía el periódico. Tal parece que a la mera hora no encendió bien la hoguera que le tenían preparada con leña verde. Se salvó de eso el pobre.
Pero lo hubieras visto un día antes: andaba como en los buenos tiempos, bueno, si a eso se le pueden llamar buenos tiempos. Aunque para mi si lo fueron, con todo y sus incidentes.
Cuando la noche pintaba como boca de lobo, se aparecía de repente y se los llevaba a todos a una vida mejor. Solo Dios sabe si era un don o un defecto.
Yo creo que era una maldición la que ya cargaba con él. Andar como anima en pena era su vida y su destino. Pero la noche lo cobijaba, le daba de comer. Y las tinieblas le ayudaban a perpetrar sus asesinatos. Su verdadera existencia ocurría en la oscuridad, eso si.
Pero nunca hizo caso. A mi me decía: “Ahorita vengo, voy a donde ya sabes” y se iba, ya nomás al otro día amanecían los muertos y con dos agujeros en el cuello.
De ahí se agarraron para inventar las historias, ya ves como es la gente. Y que bien le quedó el sobrenombre, si supieran que esos dientes que parecían de vampiro yo misma se los confeccioné: un día se me puso rejego, no me aguante y le dí con la mano del metate en el puro hocico, precisamente se le fueron a caer los cuatro dientes de adelante, bueno, ya estaban medio chuecos y podridos de tanto que se les pegaba como sanguijuela a las ubres de las pobres cabras, y así le quedaron esos sendos colmillotes al descubierto, amarillos pero grandotes.
Y después todo fue cayendo por su propio peso. Le inventaron que era pariente de Drácula, el de las películas.
Que en primera porque no dormía nunca, pero como iba dormir si yo lo traía de encargo. Aquí en Tijuana lo que deja lana es andar de pollero. Me cruzaba hasta de a diez en una noche. Te digo que con eso levantamos las tres tiendas de abarrotes que me dejó y la casa de Lomas Taurinas, si, esa donde mataron a Colosio.
En segunda, que porque lo vieron mordiéndole el cuello a una cabra. Solo a él se le ocurre clavarle los colmillos que para que pensaran que era otro animal el que las mataba mientras las asfixiaba tapándole los dos agujeros de la nariz y la boca con su pañuelo. Ya después les sacaba toda la leche y ni pío decían. Siempre se le ocurrían tarugadas. Pero eso le valió para que le hicieran tantas cosas feas.
Ya la gente estaba harta de que les mataran sus animalitos, y no se iban a esperar a que empezara a chupar gente. Con eso de que empezaron a aparecer muertos algunos de los hombres que querían cruzar al otro lado de ilegales, se los empezaron a enjaretar también. A algún vivo se le ocurrió también hacerles agujeros en el cuello. Pero Martín no era capaz de eso. El nomás se encargaba de las cabras. Todos tenemos un vicio, el de él era la leche.
Y los periódicos ayudaron a que todo se complicara. Ya tenían un mes de que nomás hablaban de eso. Por eso él ya casi ni salía de día. De por sí no le gustaba, ya estaba adaptado a sus mañas y a su trabajito nocturno. Pero todo eso le valió para que acabara su vida como acabó.
Yo me esperaba lo peor y todos mis temores se confirmaron cuando el periodiquero me trajo el vespertino. No lo podía creer, que falta de respeto que en la primera hoja del periódico y encima de la foto de él ya todo maltratado, le escribieran con las letras más grandes y rojas que se encontraron: “Ya mataron al Vampiro Fronterizo”. Ese es mi marido pensé. Y así fue.
1 comentario:
Buena historia, felicidades.
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