diciembre 09, 2005

Sin azúcar por favor

En la sala de juntas de una compañía cinematográfica es común ver a los involucrados discutir acaloradamente sobre algo.
De igual manera se pueden ver personajes raros haciendo cosas raras y nadie se inmuta, así es el negocio del espectáculo.
Durante la reunión de hoy, una dama de apariencia libertina enciende su quinto cigarrillo tratando de ocultar su intranquilidad. A la vez mira fijamente a un hombre de enorme barba que tiene enfrente. Su aspecto lo podría involucrar con negocios sucios aunque quisiera pasar desapercibido, pero los prejuicios son eso mismo: prejuicios.
Aunque, la dama fumadora no necesita ser vidente para saberlo: el recuerdo de las noches que ha pasado con el despilfarrando a manos llenas está latente, y la involucra con su verdadera identidad.
Obedeciendo al guiño de su cómplice de barba frondosa ella se levanta por un café.
Siempre estuvo dispuesta a hacer cualquier cosa con tal de seguir en el camino de la abundancia enfermiza. Hoy no va a ser la excepción.
El verdadero sentido de hacer cine se puede ir al demonio, piensa. Hoy le importa más rellenar su patética existencia con placeres superficiales, de hecho toda su vida ha girado en ese sentido.
La discusión entre los que llenan la sala sube de volumen a ratos. La importancia del tema los irrita.
Sobresale entre la discusión un hombre que porta lentes bifocales a media nariz. El aboga en voz alta por la verdadera esencia del arte y más de uno parece estar convenciéndose de su posición.
Esta noche se podría llegar a un acuerdo y el de la barba abundante lo sabe, de hecho siempre lo supo y por eso está ahí.
-¿Un café señor Rodríguez?
- Claro, gracias, que amable señorita.
El tema del tráfico de infantes que se pretende abordar en la película podría destapar algunas interrogantes de relevancia. Eso, por supuesto, no les conviene a algunos en particular.
Hay pruebas que alguien está por presentar y eso le daría validez verídica e histórica al filme.
El tema de discusión es si incluirlas o no y el riesgo que implica hacerlo; tanto para ellos como para el testigo.
Terminando la reunión, los que temieron porque se realizará la película y sus consecuencias, se fueron a dormir tranquilamente.
Minutos antes, un café envenenado y una dama de apariencia libertina ya se habían encargado de obsequiarles esa tranquilidad.

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