Ella siempre sale a flote en sus pensamientos antes que el sol. Algo inevitable. Tanto como la rutina de ir a pescar, pero con mejor sabor de boca.
Carmen lo acompaña al unísono en su mente, el lo sabe. Ella no sale a pescar pero sus emociones reprimidas le entretejen cada día una red imaginaria en ambas manos para soportar la ansiedad. Su presa no es precisamente un pez.
Mientras desenreda las cuerdas, Arturo divaga en el sueño que lo empezó a acosar desde hace meses: unirse con Carmen para siempre.
Deseos flotando siempre en el aire. El aterrizaje de éstos siempre se veía mermado celosamente por el padre de ella. El hombre de 63 años imponía respeto en la pequeña población y en sus vidas.
En su figura recaía el mando de aquel lugar al que solo se accedía por mar.
La pesca exiliaba el hambre de todos. La selva los cercaba por todos lados y su abundancia vegetal representaba otro aliciente.
El puerto más cercano estaba a tres horas de ahí. A veces el deseo de irse seducía a los pescadores, pero era más fuerte el miedo a no adaptarse a las costumbres que ellos desconocían pues se les mantenía herméticos.
Esa era disposición del padre de Carmen, el máximo mandatario desde que casi todos tienen uso de razón.
No por nada el amor entre su hija y el pescador se reducía a deseos reprimidos y sueños inalcanzables.
Arturo enfurecía. El soportar imposiciones le quemaba. Su mente trabajaba en ello. Algo tenía que hacer.
Sus pensamientos fueron arrebatados por una voz:
- “Arturo suelta las redes, ya llegamos al lugar.”
Era su hermano, compartían el trabajo y los conflictos.
- ¿Sigues sin olvidar a Carmen?
- Si, es inútil, no puedo sacarla de mí.
- Ya sabes lo que pienso de tu asunto. Pero cuenta conmigo en cualquier decisión que tomes.
- Lo se.
Una por una desembarcaban las naves con centenares de pescados encima. Aún se retorcían. Luchaban por regresar a su mundo. Inútil ya.
La primera embarcación que llegó fue la del padre de Carmen, eso le valió para adelantarse a almorzar un pescado con arroz blanco que le preparó una señora que suple a su desaparecida esposa en esa actividad.
La ausencia del mandamás de la comunidad pesquera fue aprovechada por Arturo. Carmen parecía aguardarle en la puerta de su cabaña. El sol aun estaba por salir.
Se encontraron y antes que cruzar cualquier palabra se unieron en un hambriento beso que precedió a una entrega mutua y desesperada en la única habitación.
Los únicos testigos de esa unión pudieron haber sido los primeros rayos de sol que entraban por la ventana. Sin embargo, no fue así.
El padre de Carmen apareció en la entrada principal. El crujir de las hojas secas bajo sus pies lo delató.
Ella sintió que el corazón se le salía del cuerpo. Arturo se vistió de prisa y se encaró con el hombre viejo pero aún correoso quien los miraba con un semblante que variaba entre la sorpresa y el odio.
El joven cuerpo de Arturo supo esquivar el ataque de su depredador.
Carmen solo atinaba a gritarle que huyera.
Entre la confusión logró escapar y corriendo llegó a casa de su hermano, a quien con palabras entrecortadas por lo agitado de su respiración le contó el incidente.
“Creo que tienes que huir Arturo” le sentenció.
“Prepara el bote, voy por Carmen” le respondió.
Como si hubiera adivinado su destino ella lo esperaba en la playa.
Su padre fue a dar la señal de alarma a los pescadores para que capturaran a Arturo.
Sin detenerse a pensarlo los dos amantes se embarcaron sin percatarse de que la marea empezaba a subir con violencia.
Ambos creyeron haber desatado la furia del planeta entero.
Con fuerza lucharon contra el oleaje y poco a poco se fueron internando mar adentro.
Desde la orilla los pescadores y el padre de Carmen, con un nudo en la garganta, se limitaron a observarlos pues la experiencia que tenía el viejo respecto al mar le alertaba del peligro inminente, se acercaba un huracán.
Nadie quiso aventurarse a detenerlos. Les gritaron e hicieron señas sin resultados.
“Tal parece que el dios mar se apiado de ellos y decidió unirlos para siempre donde nadie los pudiera separar” se lamentó el mandamás.
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