“La verdad ya no soporto estarla cuidando”.
Quizá el motivo más grande por el que Ana no quiso bajar del árbol es que desde ahí empezó a darse cuenta de lo valorada y amada que era. En cuanto sentía ganas de descender, como por arte de magia aparecía alguien que contaba alguna revelación en torno a ella.
Su vida desde las ramas empezó a tomar otro color y ella creyó encontrarse con la realidad.
En ratos se divertía, en ratos se deprimía.
En una ocasión pensó en tomar las cuerdas de un viejo columpio que colgaba de una rama, pasársela por el cuello y columpiarse hacia los brazos de la muerte.
Pero lo meditó mejor y decidió bajar al cabo de tres días con la promesa de poner en orden a todos de una buena vez.
Y así se alimentó con huevos que alcanzó a tomar de un nido y durmió placidamente sobre la rama más gruesa.
En un lapso de ira contra los demás presenció cínicamente y sin intervenir como su hermana casi moría quemada al incendiarse accidentalmente una parte de la cocina.
Una a una fueron entrelazándose las experiencias y Ana reflexionaba.
El árbol le devolvió la vista que había perdido desde que tenía tres años de edad.
1 comentario:
mmmmmmmmmm. si tu lo dices pos te crreere,, ,, `pobre ana,,pobre pobre vdd..
Publicar un comentario